Por: Argonauta

Gianni Infantino quiere convertir la fiesta del futbol en un evento fifí estilo F1.
La estadística no miente: el fútbol ha dejado de ser un deporte de masas para convertirse en un activo de inversión. La comparativa entre Qatar 2022 y Norteamérica 2026 revela una verdad incómoda: el “boleto popular” ha muerto. Mientras en la edición anterior un residente local podía soñar con la final por poco más de 200 dólares, hoy esa misma entrada exige un desembolso de dos mil; una cifra que en México representa meses de trabajo y en Estados Unidos, una renta completa.

Estamos presenciando la gentrificación del futbol, o podriamos decir la “formulaunización” del futbol. La FIFA de Gianni Infantino ha diseñado un torneo donde el fervor se mide en capacidad crediticia. Al permitir que el “Dynamic Pricing” dicte el valor de una emoción, han transformado las gradas en una extensión de los palcos corporativos.

Es un triunfo financiero, sin duda. Se romperán récords de recaudación y las gráficas de ingresos lucirán impecables en Zurich. Pero el costo social es alto. Si para ver la final se necesita el presupuesto de un auto usado, el Mundial deja de ser una fiesta popular para volverse un club privado. En este 2026, el balón rodará para todos, pero el grito de gol en la tribuna parece reservado solo para aquellos que pueden pagar el precio del privilegio.

¿Cuál es el valor real de un estadio lleno, si es que se llenan, si el alma de la afición se quedó afuera por falta de fondos? No nos queda en este mundial más que decirle a la FIFA que con su pan se lo coman.